Alexandra Kohan
Tue, May 24 2022 - 7:41

Ricky Gervais dijo hace poco -la traducción es mía-: “La gente se preocupa demasiado por la ofensa en estos días. No hay nada que puedas decir y que en algún lugar alguien no lo encuentre ofensivo. Que estés ofendido no significa que tengas razón. Y ha llegado el punto en el que si una persona se queja, espera que el mundo se detenga”. Luego también dijo: “Podés apagar tu televisor, lo que no podés es apagarles el televisor a otros. No hace falta que vengas a mi show, no tenés que escucharme, no tenés que estar de acuerdo conmigo, pero voy a decir lo que quiera”. Subrayo especialmente: “que estés ofendido no significa que tengas razón”. Que lo haya dicho alguien que, entre otras cosas y sobre todo, se dedica al humor, no me parece poco interesante. Porque de un tiempo a esta parte se viene debatiendo también qué pasa con el humor, con qué se puede o no se puede hacer humor, qué se puede o no se puede decir públicamente. En definitiva, como suele indagar Adrián Lakerman en sus fabulosos ciclos Comedia y Humor en serio, se trata también de pensar cuáles son los límites, si es que los hay, del humor.

Pero de algo no hay dudas: la ofensa es una de las reacciones de estos tiempos, y no solamente con el humor. No es que antes no existiera sino que, como con muchas otras cosas, ahora las redes sociales vehiculizan rápidamente las reacciones; incluso diría que las redes sociales nos instan a reaccionar. Ofenderse resulta una reacción muy extendida hoy en día y por eso mismo algunos autores se interesan en ver de qué está hecha. Caroline Fourest escribió La generación ofendida. De la policía de la cultura a la policía del pensamiento, editado en Argentina por Libros del Zorzal. Comienza de manera contundente: “La tiranía de la ofensa reina por doquier, como preludio de la ley del silencio”. Y es que las reacciones de ofensa van produciendo, poco a poco, en dosis casi imperceptibles como ciertos venenos, un régimen de censura, de silenciamiento y, muchas veces, bajo una forma de amenaza más o menos implícita, más o menos explícita. Porque la ofensa en general viene seguida del escrache o de su posibilidad.

Una cosa es que alguien se ofenda y otra, muy distinta, es que se use la ofensa como arma de acusación al otro, como arma de censura, como arma de penalización. Como si no se pudiera separar la cosa, de lo que la cosa me hace a mí. En esta muy buena entrevista que Victoria De Masi le hizo a Caroline Fourest, la autora sostiene: “La autocensura es grave cuando nos impedimos decir verdades que podrían defender libertades. Incluso verdades que pueden doler, porque hay minorías que actúan como censores. No estoy llamando a que alguien se exprese de manera racista o sexista, sino retenerse un poco, otra vez con la idea de civilidad. Cuando nos llamamos a silencio en contra de las libertades, esa es la autocensura que perjudica la democracia”. Y plantea además que censurar en nombre de la identidad es sostener esencialismos y estereotipos, esos que, justamente, se pretenden derribar. Dice: “hablo de aquellos que juzgan la identidad. Quieren impedir a las personas crear, crear arte por ejemplo, basándose en la identidad. Es una manera esencialista de ver el mundo que termina llegando al mismo lugar que la visión de los racistas”. Es que estos dispositivos terminan replicando, en espejo, aquello que se quiere combatir. En una conversación con Adrián Lakerman acordamos en que los que suelen ofenderse, además, lo hacen habitualmente en nombre de otros, de los que supuestamente son víctimas, y eso termina siendo subestimar al otro. Ese gesto, el de hablar por los supuestos damnificados por la ofensa, resulta finalmente discriminatorio ahí donde se les quita la voz y se les atribuyen minusvalías. Finalmente siempre se trata de una sola cosa: de aferrarse al lado del bien, creerse siempre en el buen lugar y señalar a los demás como culpables del mal.

Hace unas semanas, Claudio Avruj, ex secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural durante el gobierno de Mauricio Macri, cometió la gaffe de no reconocer la bandera del orgullo trans y hacer pública su ofensa porque la bandera argentina había sido, según él, intervenida y manchada. Luego se retractó, asumió su error y pidió disculpas. En la misma semana hubo manifestaciones de ofensa porque el Chino Darín se refirió a su pareja como “mi mujer” -Agustina Larrea reparó en eso en una de las entregas de Mil lianas y eligió dejar de lado los comentarios solemnes y ofendidos para reírse: “Lejos de las reacciones serias (no faltaron quienes tomaron la declaración como una ofensa o quienes pusieron al actor como ejemplo de un nuevo tipo de masculinidad: ni idea), preferí darme una panzada con las bromas que surgieron”-.

Ofendidos por izquierda y ofendidos por derecha. Ofendidos con las minorías y ofendidos desde las minorías. Por eso Caroline Fourest - ex colaboradora de Charlie Hebdo- habla también de los ofendidos desde las minorías: “En pocas décadas, la «política de la  identidad» pasó de la visibilización de las minorías a una forma de asignar categorías. Una política del reconocimiento que muchas veces desemboca en una política del resentimiento. En teoría, desde luego, se trata de buscar la igualdad. Con la salvedad de que la vía escogida mantiene los estereotipos y propicia la revancha”. La ensayista cuenta en el libro que “tanto en el cine como en el mundo editorial se está tornando habitual pedir que los guiones y manuscritos  sean «aprobados» por sensitivity readers, lectores que en teoría poseen la sensibilidad adecuada en virtud de sus trayectorias e identidades”. Y subraya: “el sensitive buró todavía no  es una oficina de censura” y agrega “como si el público no fuera lo suficientemente grande para juzgar”. El libro de Fourest aporta, para mí, una intervención fundamental. Por otro lado, Ofendiditos, de Lucía Lijtmaer, recientemente editado por Anagrama, plantea lo contrario: se ocupa de los que se ofenden por las minorías y dice que “la libertad de expresión está constantemente amenazada pero no por minorías, feministas puritanas u ofendidos moralistas, sino por el poder político y legislativo”. Y sigue: “la tesis de este texto es, definitiva, que el señalamiento al moralista «ofendidito» en realidad no hace otra cosa que ocultar interesadamente la criminalización de su derecho, de nuestro derecho como sociedad, a la protesta”. No dejo de leer ahí una reacción en espejo: no soy yo, sino vos. Y pienso que no hay por qué delimitar una zona con fronteras perfectas, sino que se trata de poder pensar qué efectos va teniendo la ofensa como reacción habitual. Creo que ofenderse, por derecha o por izquierda, conduce a lo mismo: a la censura y al silenciamiento de los debates en la esfera pública, a la degradación del pensamiento y al repliegue individualista -cada uno se cuida a sí mismo  por miedo a ser escrachado-. Por supuesto que en esa indagación también resulta interesante precisar y definir las posiciones enunciativas. Pero el asunto no deja de ser, como conversamos con Carina González Monier, siempre el mismo: la ofensa como un tajo al narcisismo, a la imagen que se intenta sostener contra viento y marea. La ofensa como una herida, una estocada a la maciza, apelmazada y consistente imagen yoica, esa imagen ideal que se cree tener, a esa persona que se cree ser, a ese lado del bien en el que se cree estar. La ofensa es la reacción al taladrito que perfora y agujerea eso que creíamos sólido e impenetrable. La ofensa resulta un efecto de la muesca hecha en un Ideal; la muesca como cifra de lo falible, de lo imposible de sostener inmaculadamente. La ofensa resulta siempre refractaria de la diferencia y de aquello que hace trastabillar al Ideal -sea un ideal progresista, sea un Ideal reaccionario-, aquello que ofende evidencia que no todo es tan sólido ni tan intachable.

La ofensa no deja de tener su barniz moralista ahí donde se trata de la distribución prístina del bien y del mal, sin enchastres, sin contaminación. La ofensa se despliega sobre un escenario pretendidamente aséptico, desinfectado; conforme a la euforia higienista que pretende eliminar cualquier bacteria o virus que pueda traernos lo inoportuno, lo incómodo, lo polémico, lo horroroso, lo “inadecuado”, lo “inapropiado”. Como si por silenciar lo que incomoda o lo que está “mal”, se suprimiera lo que hace mal en el mundo, lo que del mundo hace mal. No se trata de que no haya moral -todos la tenemos-, sino del moralismo que sostiene la ofensa. Tampoco estoy diciendo que no haya que ofenderse, cada quien verá qué le pasa con eso que lo incomoda, lo que trato de pensar es cómo se viene instalando la ofensa como criterio de autoridad. Por eso la frase de Gervais resultó tan iluminadora: podemos ofendernos, pero eso no nos autoriza del lado de la razón, eso no nos autoriza a reaccionar contra el otro, a silenciarlo, a penalizarlo: la ofensa no es en sí misma una autoridad. Hace poco en una charla en la Facultad de Psicología una estudiante dijo que había estudiantes ofendidos -esa palabra usó- con algunos textos de Freud, que había que sacarlos y poner otros. No hay posibilidad de debate alguno acerca de nada si lo que está en juego es el sentimiento de la ofensa, porque el ofendido tiende a no querer saber nada, tiende a querer suprimir aquello que lo ofende, quiere que eso “ofensivo” no exista más, que se lo expulse del mundo para así seguir adormecido en su pretendida entereza.

En esta excelente nota, Paula Puebla se ocupa del humor de Ricky Gervais y del de  Louis C.K. Se corre un rato del asunto central para ponernos esta piedrita en el zapato: “En 2017, las páginas convocantes del New York Times publicaron las denuncias de cinco mujeres contra Louis CK por haberse masturbado frente a ellas. Luego de hacerse cargo de las acusaciones por comportamiento inapropiado, de haber pedido perdón en público y privado y haber perdido contratos millonarios con FX, Amazon Prime y HBO, entre otros, la vuelta al ruedo en tierras del Me Too fue considerado demasiado prematuro. Podríamos desviar el propósito de esta nota, hacerle caso al equívoco que apelmaza al artista con los frutos de su arte, y entrar en el debate a través de las fisuras éticas que se abren como nervaduras: preguntarnos cuánto tiempo en el ostracismo es suficiente y quiénes determinan esos ritmos de castigo, preguntarnos si para las denunciantes es igual de sencillo sacudirse el estigma de víctima y volver a insertarse en el mercado laboral e, incluso, preguntarnos por el valor del perdón en tiempos de crucifixiones”. En épocas en las que hay que pedir disculpas por las ofensas, incluso aquellas que todavía no se han cometido, Louis C.K. se hace eco de ese gesto un poco soso y le pone de título a su nuevo show Sorry. Un enorme cartel de luces rojas dice SORRY y permanece durante todo su monólogo mientras el comediante se despacha con sus temas habituales entre los que se encuentra hacer humor con la pedofilia. Y es que hay tanta gente disculpándose por haber ofendido, que las disculpas se vaciaron y ya resultan parodiables.

Nadie está obligado a reírse o a que le guste ese tipo de humor, pero lo que no se puede es desconocer que el humor tiene también una función de denuncia, sobre todo de la hipocresía; que el humor es corrosivo con el poder ya que, como dice Anne Dufourmantelle, el poder requiere de la solemnidad para ejercerse. Y no se puede confundir, como dijo Gervais, el objeto del chiste con el sujeto del chiste.

En el más reciente episodio de Comedia, Lakerman entrevista a Alfredo Casero, el inventor de ese fenómeno que nos hizo reír a muchos en medio de un país devastado: Cha-Cha-Cha. Recomiendo el episodio entero, pero subrayo una frase del cómico que me pareció atinada, ahí donde acomoda mejor las cosas, esas que a veces se empantanan. Apuntando a la enunciación, al lugar desde el que se hacen los chistes dijo: “el humor está también en quién mete la mano en la lata con mierda”.

Freud incluyó en la serie de ofensas al narcisismo -las precedentes: la de Copérnico, la de Charles Darwin- su descubrimiento: el inconsciente. No sólo porque puso en evidencia que el Yo no es amo en su propia casa sino, sobre todo, porque nos confronta, una y otra vez, con que la mierda de la lata, muchas veces, es la nuestra.

Les dejo para terminar este número de Les Luthiers en el que Johann Sebastian Mastropiero reacciona diciéndole ”Ud me ofende” a aquel autor que lo acusa de robo y de plagio, esos que efectivamente cometió.

AK